19 julio 2009

Una reflexión en voz alta

Ayer tuve la oportunidad de vivir una nueva experiencia en El comedor sobre ruedas. Tras una mañana haciendo un rico arroz a la cubana Ana (la cocinera encargada) y yo salimos con la furgoneta a repartir comida a trece personas.
Resulta chocante que mucha gente mayor (y no tan mayor) viva en condiciones como las que pude ver: falta de higiene, casas más que humildes y sobre todo la soledad en la que viven, viendo que sus hijos y familiares no quieren saber nada de ellos o incluso que viviendo en la misma casa no tengan nada con lo que tener ilusión. Por eso Ana cada día no sólo les lleva la comida sino la alegría de ver que alguien toca al timbre y se preocupa por ellos.
Tras haber visitado y conocido esta realidad no sabes muy bien como reaccionar. En un primer momento se te cae el alma al suelo pensando las necesidades que padecen estas personas; más tarde cuando llegué a San Cibrán y estábamos todos disfrutando de la gran comilona que tuvimos no lograba olvidar los rostros de Carmen, Ángela, Victor... que apenas había visto unos minutos, los suficientes para conmoverme. No llego a entender cómo se puede llegar a deshumanizar tanto una persona como para dejar que tus abuelos, padres, amigos o vecinos se estén consumiendo en sus casas día tras día; sientes impotencia y rabia.
Por todo esto... ¡QUE AFORTUNADOS SOMOS!

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